jueves, 9 de junio de 2011

Agarrarse a un clavo ardiente

Postergué la creación de este blog desde mi embarazo. Tres años después, abro uno con la terapéutica convicción de necesitarlo con urgencia. Una contractura de espalda, un tratamiento de conducto, la presión a la alza, y toda la felicidad de 3000 fotos llenas de dicha necesitan a fuerza un balance. No soy la madre que pensé que sería. Soy mucho mejor y mucho peor que eso.
Mi hija entró a la guardería a los cuatro meses de nacida. Desde entonces, mi relación con las instituciones educativas -en las que antes creía con fe de carbonero- cambió drásticamente. Hace dos meses me pidieron el segundo cepillo de dientes, perforado en un extremo para colgarlo con una cinta. Esos cepillos no existen, advertí después de recorrer supermercados y farmacias. Hay que hacerlos, me dijeron, con la misma mirada condescendiente con que me han tratado los últimos 2 años 4 meses. Caliente un clavo y perfórelo usted.
En la tarde, me instalé con un banquito de madera en la cocina, las pinzas de cocción, el encendedor de la estufa, y calenté el clavo al rojo vivo. Después intenté clavarlo sobre el banquito. Mi hija gritaba como loca cuando me machuqué el dedo con el clavo y aullé por primera vez. Seguí aullando cuando el clavo ardiente traspasó el cepillo y se quedó dentro. Cuando las pinzas y alicates no lo sacaron. Cuando supe que mi hija sería la única niña con un cepillo con clavo y cinta en la guardería. Ella gritaba "no quiero clavo". Se fue a dormir después del episodio menos maternal y a prueba de niños de nuestra vida.  En la noche mi esposo tampoco pudo quitar el clavo, me dijo que para hacerlo había que destruir el cepillito. Cuando se metió a bañar, ataqué con las pinzas el cepillo, y el clavo empezó a girar. Lo hice con el odio de verse mirada con condescendencia durante tres años. El clavo o yo. El cepillo o yo. El osito del diseño se había degenerado, tenía la cabeza hueca por el hoyo que quedó ahí, la mirada turbia y chueca por el calor del clavo, nunca más sería un amistoso oso de peluche sino un engendro. Pero el clavo salió con facilidad, cuando le había jurado muerte.
Al día siguiente exhibí a la maestra de mirada condescendiente el cepillo junto con el dedo magullado. Lo hubiera hecho con aguja, me dijo, sin la menor culpa o empatía. La imaginé buscando las peores tareas para que todas las madres de México se sintieran ineptas, novatas, incapaces, y, finalmente, valemadres...
Es la bondad de la educación en los niños, y en sus madres.  La semana pasada mi hija me preguntó si le voy a comprar un clavo y un martillo rosa cuando sea grande.

4 comentarios:

  1. Ouch! pero no pude evitar reirme imaginándome la escena de Inés gritando que no quería el cepillo con el clavo, al engendro de osito y el que te terminara pidiendo un martillo y un clavo rosa.

    Espero que tu dedito esté mejor y para la otra que te salgan con una misión imposible trata de cumplirla pero si hay que llegar a estos extremos, lo mejor es pasar directamente al valemadrismo.

    Y finalmente,que bueno que empezaste un blog. Me dará mucho gusto leerte!

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  2. ¡Felicidades por el nacimiento del blog! ¡Me encantó leer este cómico-doloroso relato y espero con ansías leer muchos más en el futuro! Un abrazo enorme, Caro

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  3. ¡Aaaah... mi querida amiga! y tú que recién comienzas. Espérate a que tu hija llegue al bachillerato... ¡necesitarás el martillo de Thor!

    Te prestaría el mío, pero... Nooo... Tienes que forjarlo tú misma.

    Te abrazo, al calor de la fragua.

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  4. Definitivamente tu terapia va a ser provechosa. Sobretodo para tus lectores. Cómo me he reído!!!

    Un abrazo

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